4. Amors ultima linea rerum est
Con delicadeza deslizó su dedo por la espalda de ella, que yacía adormecida boca abajo, siguiendo el mar de curvas que las luces y las sombras proyectaba sobre su piel. Sintió un creciente nudo en el estómago y una pena sin nombre crecer en su interior, pues temía al amanecer que había de llegar. Cuando las estrellas se ocultaran y su noche se transmutara en día quizás todo acabara. Ya no sería ayer, sino mañana.
Se inclinó temeroso de que ella pudiera leer su duda y su angustia en la cara y se maldijo por sentirse así. Apoyó su mejilla sobre su piel y movió su mano hacia sus nalgas y allí reposó su mano, observando las redondeadas formas que las sábanas intentaban ocultar de su hambrienta vista.
Quería perderse en el ahora, en ese entonces, no pensar, no sufrir, no lamentar, dejar que ella lo rodeara con sus brazos y lo acogiera en su interior, atrayéndolo hacia ella con sus piernas y sus manos, para morir una vez más en su boca y en su sexo, a la vez, todo en uno.
Sus ojos se posaron en su vientre. Al besar su ombligo sus labios temblaron de emoción y su mirada voló al encuentro de la de ella. Le miraba con ojos maliciosos, en los que bailaba una luz inquietante y subyugadora. Ella respiraba acompasadamente y sus senos subían y bajaban con un delicioso compás marcado por sus pezones erectos que ella acariciaba con movimientos lánguidos de sus largos y esbeltos dedos.
¿Sabría ella de su tormento interno? ¿Le importaría? ¿O tan sólo estaba atenta a su goce propio?
Abandonándose a sus diablos internos, él se lanzó a su encuentro. Sus bocas se unieron en un ardiente beso y ella lo abrazó con fuerza contra ella mientras lo atrapaba con sus piernas. Ella podía hacer eterno ese ahora, como si el pasado nunca hubiera existido y el mañana no importara.
¡Qué hermoso es ver el día
coronado de fuego levantarse,
y a su beso de lumbre
brillar las olas y encenderse el aire!