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Felipe38
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Asunto: Regalo de despedida. Publicado: Mar Ene 31, 2012 9:55 am |
| Romber@ Avanzad@ |
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Registrado: Jue Jul 21, 2011 11:54 am Mensajes: 3813
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Ahora que he pasado página, que mejor manera de celebrarlo que con un cuento, el último para este foro, de ahí el título, que se explicará en la historia, espero.
1ª Parte Otra vez habían llegado las odiadas vacaciones y el abrasador sol que parecía llenarlo todo con su luz cegadora. Corrió los espesos cortinajes de la casa y se refugió en la fresca oscuridad mientras la ciudad se llenaba con aquellas polillas humanas que las ciudades vomitaban en la costa cada verano, como una nueva plaga. Una vez más el ser humano abandonaba los bosques, esta vez de hormigón y cemento, para lanzarse, como una nueva horda bárbara, sobre las indefensas extensiones de arena. En la oscuridad de la casa su oscuro habitante sonrió para sí. Las legiones hacía tiempo que ya no defendían los limes del imperio, se dijo, harto de hacer bromas que nadie comprendía.
En la cocina se sirvió un café, con los ojos fijos en la ventana que daba a la montaña. Como cada mañana sus ojos recorrieron sus contornos con la misma ternura de unos dedos deslizándose por una cara amada. Con un suspiro melancólico se dio la vuelta y salió de la cocina. Se puso con hastío el abrigo y los guantes y en silencio cruzó el largo pasillo y atravesó el patio cubierto por hojas caídas y que llevaban allí desde el primer otoño de la Creación. Por fin salió a la calle. El sol estaba en lo alto y castigaba con su luz abrasadora la pequeña villa costera, que parecía arder bajo sus rayos.
Se deslizó por callejones estrechos y sombras ardientes, esquivando los charcos de luz que se reflejaban en los lagos de cristal de los escaparates. Caminó por la larga avenida al abrigo de sus árboles, sintiendo, como siempre, que la gente le miraba con extrañeza. ¿Qué importaba que él, en pleno agosto, vistiera como si viviera en lo más crudo del crudo invierno? Ellos no sentían su inmenso frío, que se pegaba a sus huesos como una segunda carne volátil desde hacía demasiado tiempo.
Al llegar a la puerta del Angel, giró hacia la izquierda y continuó su camino por la estrecha calle donde los curtidores habían emplazado sus talleres en los tiempos medievales. Ahora no quedaba nada, salvo un extraño aroma a almizcle que la contaminación moderna todavía no había podido borrar. Todo estaba destinado a pasar, a arder y consumirse para luego desaparecer, se dijo.
Una vez en la playa se abrió paso hasta el espigón para conversar con sus amigas las gaviotas y su vieja enemiga y amante, el mar. Atravesó con rapidez la inflamada extensión de arena ardiente y entrecerró más los ojos al percibir el reflejo del sol en las olas, que rompían ferozmente contra la orilla. No podía entender cómo es que la gente le gustara tanto bañarse en aquel mar cruel.
El tiempo pasó con su monótona languidez. El sol había comenzado su descenso cuando él alzó la cabeza y abandonó sus oscuros pensamientos. La playa había comenzado a vaciarse. Era la hora de irse. Entonces sintió un escalofrío y se volvió. Allí, a la derecha pudo ver una distante y menuda figura que recogía una toalla y la colocaba dentro de su mochila.
La observó con curiosidad, pues le resultaba extraña la gracia de aquella lejana persona, la suavidad de sus movimientos, la belleza de unas facciones que sólo podía imaginar. La vio cargarse la mochila al hombro y emprender su deambular. La brisa golpeaba furiosa el rostro de él, que seguía contemplando intensamente a la chica. De repente, sin saber porqué, sus ojos enviaron una caricia a aquella figura que cada vez se hacía más pequeña en el horizonte. Entonces, a pesar del calor, a pesar de sus ropajes, a pesar de todo, él se estremeció cuando ella se detuvo en el mismo instante que la caricia la alcanzaba. Apartó rápido la mirada y volvió a concentrarla en el distante horizonte, porque estaba seguro de que ella le estaba mirando. Con un escalofrío se levantó y puso camino hacia su casa, situada en la parte elevada de la ciudad, esperando llegar antes de que las primeras estrellas se dibujaran en el cielo.
_________________ Dame besos con sabor a tí. "Mad, bad, and dangerous to know" «La razón sobreestimada, como el estado absoluto, empobrece el individuo»
Desvaríos varios, pensamientos sueltos, yo a granel. Confesiones Clandestinas (Transición 5/02/2012)
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Felipe38
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Asunto: Re: Regalo de despedida. Publicado: Mié Feb 01, 2012 9:09 am |
| Romber@ Avanzad@ |
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Registrado: Jue Jul 21, 2011 11:54 am Mensajes: 3813
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2ª Parte
Al amanecer el tercer día él se vistió con rapidez, desayunó con presteza y bajó a la playa sin seguir sus complicados vericuetos diarios. Se había levantado viento y espesas nubes grises cubrían el cielo, amenazantemente grises con sus vientres preñados de lluvia. Pese a ello él se apresuró todavía más, insensible al aire enfurecido que golpeaba sus castigadas facciones y a algún gato fantasmal que se asommaba, imaginario, por alguna esquina. Pero no se dirigió al espigón, sino que fue a buscarla en la playa. Pero, para su sorpresa, allí no había nadie. Sólo las olas.
Miró desolado la vacía extensión de arena, ajeno al sonido del viento y de las olas. Sentía todo su ser marchitarse de tristeza y cómo el frío crecía a su alrededor. Entonces, cuando notaba la rigidez del invierno apoderarse lentamente de sus músculos y articulaciones, mientras por una razón extraña y oscura sus ojos se llenaban de un líquido elemento que nunca antes había aflorado a la superficie, entonces miró al espigón. Era una corazonada, un disparo al vacío. Pero ella estaba allí, lejana, como siempre. Sus ojos la devoraron y descubrió, sorprendido, que sentía una hambre inmensa por aquella misteriosa mujer. Y, sin ser consciente de ello, la llamó sin abrir los labios, sólo con su mente.
De repente ella se volvió a mirarlo. No podía ser. No podía estar sucediendo. Y, maravilla de las maravillas, ella comenzó a caminar hacia él, que estaba paralizado por el gozo y la sorpresa. Entonces supo que los besos de aquella mujer eran más deliciosos que el vino, que su perfume embriagaba al olfato y que su nombre era un aroma que robaba el sentido.
Y, pese a verla avanzar hacia él, no acababa de creer su suerte. Se sentía señalado por sus ojos, por aquella mirada que lo sacaba del anonimato. Porque ella lo miraba el frío que vivía con él empezó a fragmentarse y morir. Antes de que fuera consciente de ello sus pies comenzaron a moverse. Sólo se dio cuenta cuando vio que los dos estaban cada vez más cerca. Se fijo en su cara. Era un rostro bello por su dulzura, enmarcado en una melena leonina del color del oro viejo, y su boca era tan roja como una amapola sobre una ladera nevada. Su paso era ligero pero seguro y más que caminar, volaba. Toda ella emanaba una luz y una calidez que él encontró perturbadoramente delicioso
Al estar frente a frente los dos se miraron con curiosidad. El calor de ella lo envolvió como un beso. Empezó como una leve oleada de calor que pronto comenzó a creer hasta convertirse en un holocausto de llamas que incendiaba el aire que los rodeaba. El silencio sonoro que los rodeaba sólo era roto por miles de tambores que resonaban a su alrededor. Entonces, él extendió lentamente la mano y acarició la mejilla de ella. El tacto era delicioso, igual que en sus sueños. Era como acariciar el pétalo de una rosa. Entonces temió que ella le apartara la mano al sentir su contacto helado, y tuvo miedo.
Sin embargo, no pasó nada de eso. Ella no apartó la cara, sino que siguió con los ojos fijos en él, bañándolo con la luz de su creciente sonrisa, besándolo con sus pestañas. Y, para sorpresa de él, un calor desconocido comenzó a inundar su cuerpo. Sin saber porqué, sonrió.
Y allí, en mitad de la nada, descubrieron el uno en el otro una singularidad gemela.
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Felipe38
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Asunto: Re: Regalo de despedida. Publicado: Jue Feb 02, 2012 9:35 am |
| Romber@ Avanzad@ |
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Registrado: Jue Jul 21, 2011 11:54 am Mensajes: 3813
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3ª Parte
No pudo recordar cómo surgió la idea, ni cómo llegaron a su casa. Incluso el camino de vuelto, por aquellas calles eternas e inmemoriales había sido diferente, pues la oscuridad de la noche se había iluminado por una luz inexplicable que parecía brotar de ella. Incluso hacía menos frío.
La casa tenía un inconfundible aspecto de fortaleza medieval con sus altos muros de piedra, gruesos como los de castillo y altos como los de una catedral gótica, con sus arcos y bóvedas de crucería perdidos en la oscuridad que moraba en el techo. Los largos pasillos y las desiertas habitaciones estaban repletas de estanterías, cortinas, muebles y libros, muchos libros. Eran centenares, miles, de todas las materias, desperdigados como gatos sin patas por encima de las mesas, de los sofás, incluso en el suelo, formando altas columnas. Al llegar al salón, tan gigantesco que podría haber alojado a la Mesa Redonda de la Catedral de Winchester y al edificio entero, él no pudo per menos que lamentar que el caos de la casa, que se contrastaba con el pulcro orden de aquella inmensa habitación, presidida por una larga mesa de madera maciza. Estaba también sumida en la oscuridad, pues largos cortinajes pendían desde el techo y, cayendo verticales como la lluvia, barraban el paso a la luz del sol.
Ella se movió, dejando algo en una de las sillas y él percibió el gesto levemente. Se volvió a mirarla y sus ojos se encontraron de nuevo. Desde la playa que no lo hacían y él sintió en su vientre una añoranza que le ahogaba, que amenazaba con robarle las palabras. Al verla junto a él sintió miedo. Temió que ella se marchara y lo dejara allí, en aquel desierto de soledad, en su mazmorra de altos muros. Entonces se dio cuenta de que sus manos todavía seguían entrelazadas y de la ternura que manaba como un torrente desde el rostro de ella.
Entonces su mano lo tocó.
Al sentir el suave roce de aquellos dedos de rosa se estremeció. Un huracán recorrió su cuerpo y, tras un instante interminable, todo su ser tembló. Una solitaria lágrima brilló como un diamante en uno de sus ojos antes de rodar mejilla abajo. Ella le sonrió y entonces sendas notas de color fueron apareciendo en sus mejillas hasta dotar de vida a toda la cara, que por tantos años había permanecido fría e inmóvil. Entonces el frío empezó a retroceder. Sus ojos negros parecía beber de ella, ansiosos.
Entonces se apartó de ella bruscamente. Se volvió hacia una de las ventanas y miró los largos cortinajes, buscando una respuesta que nunca llegaba de aquellas telas centenarias. Dudó. No supo si aproximarse a ella. Entonces se volvió y la descubrió examinando una de las estanterías, repleta de libros con títulos exóticos. Se acercó con cuidado a ella y, presa de un impulso inexplicable, apartó gentilmente aquella larga y dorada cabellera con su mano y depositó un delicado beso sobre su cuello. Al tocarla, su boca no quiso separarse más de ella y el beso se hizo eterno. Su mano, ya no tan fría, cogió la de ella y así, a ciegas, la condujo por aquellos interminables pasillos hasta una habitación que ardía con un fuego propio que no venía de la apagada chimenea.
Sin saber cómo se encontró desnudo en la cama, con su cabeza perdida entre las largas y esbeltas piernas de ella, mientras sus manos acariciaban sus delicados tobillos y aquellos pies preciosos como joyas. Su boca se apoderó del sexo de ella y la habitación se llenó de cálidos suspiros y tórridos lamentos.
Se besaron y exploraron con carnal lujuria. Sus bocas se exprimieron mútuamente mientras ella lo ceñía con un abrazo asfixiante. Pero él no sentía miedo y la asfixia desaparecía gradualmente, dejando paso a un éxtasis que nunca antes había conocido y que nadie podía igualar. De repente él parecía arder y la abrasaba y entre las piernas de ella una humedad amenazaba con inundar el mundo entero en un nuevo Diluvio.
El deseo le dominaba. No conocía nada de aquel extraña, pero deseaba poseerla y ser su esclavo. Sus ojos se encontraron y vio una sonrisa bailando en aquella mirada franca y despierta. Entonces la penetró. Ella gritó su placer y el eco repitió su éxtasis por los largos pasillos y corredores de la casa, que, por un momento, pareció estremecerse y llenarse con los ecos de los besos que él depositaba en su boca, en su ombligo y en sus pechos de pezón de cereza. Se abrazaron con fuerza y él comenzó a aumentar el ritmo. Ella lo envolvió con sus piernas y lo acogió todavía más adentro, más profundo, mientras él se pegaba más y más a su cuerpo, como si quisiera fundir ambas carnes. Incapaz de hablar, loca de placer, Victoria abrazó con más fuerza a su amante.
De repente aquel cuerpo desnudo, orgulloso y pálido, ya no estaba encima del suyo, sino que habían invertido posiciones y ella lo cabalgaba. Sus manos se apoderaron de aquellos deliciosos y cálidos pechos y los acariciaron dulcemente. Pellizcó con cuidado sus pezones y los amasaba. Se había perdido en una ola de placer que estallaba en su cabeza y moría en sus pies. Las manos abandonaron sus pechos y se posaron en las nalgas. Se miraron, repleto de lujuria, de cariño, de deseo y el orgasmo estalló cuando se besaron de nuevo.
Ella se deslizó por sus piernas y comenzó a lamer su pene, duro y grueso. Le miraba mientras se introducía aquel trozo vigoroso de pasión entre los labios, húmedo de ella sonrió burlona. Pasó la lengua por la base del pene hasta el glande y, con la sonrisa bailando todavía en sus labios, le dijo:
-Mmmm... sabe a mí - Los ojos de él brillaron salvajes, y entre dos gemidos, replicó: -Dame besos con sabor a ti.
Y sus bocas se unían de nuevo. Luego ella se alzó suavemente y, con un movimiento elegante de sus caderas, lo cabalgó de nuevo.
Siguieron haciendo el amor durante el resto del día, probando posiciones, probando gustos y sabores, explorando sus deseos y caprichos. Entre aquellas cortinas que no permitían el paso de la luz del sol, la noche era interminable, como el deseo de ambos.
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Felipe38
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Asunto: Re: Regalo de despedida. Publicado: Jue Feb 02, 2012 11:02 am |
| Romber@ Avanzad@ |
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Registrado: Jue Jul 21, 2011 11:54 am Mensajes: 3813
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Esa onomatopeya también sirve para referirse a cierto sonido que produce el contacto de dos cuerpos húmedos, aunque también se agradecen los aplausos. Está siendo un canto del cisne de lo más agradecido, la verdad.
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Felipe38
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Asunto: Re: Regalo de despedida. Publicado: Vie Feb 03, 2012 8:54 am |
| Romber@ Avanzad@ |
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Registrado: Jue Jul 21, 2011 11:54 am Mensajes: 3813
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4ª Parte
Cinco días con sus noches transcurrieron entre los muros de aquella antigua mansión, de la que fueron desapareciendo los largos cortinajes, y los amplios ventanales dejaron paso a los relucientes rayos del sol. El frío fue desapareciendo. Un día se convirtió en un lejano recuerdo y una mañana ya no fue ni siquiera eso. En el jardín las rosas volvieron a brotar, más bellas y hermosas que nunca.
Al llegar el quinto día él se despertó muy pronto. El sol se asomaba, perezoso, desde su cuna marina y la luz penetraba con timidez en la habitación. Él se despertó, curioso por un espectáculo que llevaba mucho tiempo sin ver. Antes de moverse volvió el rostro para contemplar a su amada y sonrió al ver su belleza Con su mano rozó su rosada mejilla y sonrió. Luego se levantó de la cama y se fue a observar la ciudad.
Contemplando aquella ciudad dormida, que sólo había disfrutado desde las sombras pasó el tiempo, olvidado todo, mientras su amada seguía dormida en la cama. Así, ya no se acordaba de qué hora era ni cuanto llevaba allí cuando sintió una mejilla apoyada en su espalda y unos brazos que le rodeaban.
-Es la primera vez en mucho tiempo que disfruto de los rayos del sol, ¿sabes? -le dijo. Se sorprendió por el extraño eco que percibió en su propia voz, profunda, todavía, pero que sonaba diferente, como si la falta de costumbre y la ausencia de uso la hubieran oxidando.
Al volverse vio su rostro, brillante como siempre, luminoso como el sol. Porque ella ya era el sol de su universo. Sintió los dedos de ella deslizarse por su pecho y, por toda respuesta, la abrazó con todo su ser, disfrutando del cálido contacto de su cuerpo desnuda y del roce de sus pezones de fresa contra su todavía pálido pecho. Entonces sus bocas se encontraron, lentamente y sin prisas, y sus lenguas comenzaron la intrincada danza que llevaban cinco noches ensayando.
Retrocedieron hasta la cama y de nuevo procedieron a amarse sin prisas, empapando de placer y de gozo las sábanas que cubrían el lecho. Era tocar el cielo una y otra vez.
Se quedó dormido en los brazos de ella, que lo acunó como a un bebé, sintiendo aún la embriaguez que la producían sus abrazos y hacía que todo su cuerpo se volviera pesado y, a la vez, ingrávido.
Cuando se despertó ella ya se había ido. En la mano notó algo extraño, como su unos labios invisibles estuvieran besando su palma. Sonrió al comprender. Una parte de ella viviría para siempre en él como un pedacito de él viajara con ella en su interior. Entonces lo vio. Sobre la almohada.
Observó con deleite sus formas rojas, sencillas y puras. Con cuidado sostuvo aquella pequeña joya entre sus dedos y la observó con fruición.
Nunca antes había visto una cereza más hermosa que aquella.
Entonces él supo que ella pronto volvería a la villa costera. Y a él.
En realidad, nunca se fue.
This is the end, my beautiful friend...
No. This is not the end. It is not even the beginning of the end. It is, my dear, the end of the first page of our book.
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