Mi caso es un poco particular, no porque sea yo muy listo ni especial (que lo soy

), sino porque las relaciones Bdsm se rigen por sus propios códigos. Sería largo de explicar ahora y tampoco viene al caso. He consumido porno toda mi vida y lo considero un fantástico estimulante para la imaginación (evidentemente, no hablo del porno
mainstream, con rubias siliconadas y el metesaca como único argumento). Me ha servido para alimentar el deseo, darme seguridad (descubrir que uno no es tan raro por tener determinadas fantasías, que hay muchos otros en la misma situación, ayuda enormemente) y enriquecer la vida sexual con mis parejas. Antes, la cosa era más limitada, pero ahora, con internet, cualquiera, hombre o mujer, puede encontrar la pornografía que le va (y buscarla es un test excelente para el autodescubrimiento). O grabar su propio material. Proponerle a tu pareja hacer vuestra propia película XXX es una buena forma de invitarle a que ponga en práctica, contigo, cuanto ha aprendido viendo porno en soledad. Disfraces, caretas tras las que esconder la identidad, un guión divertido y la cámara pasando de mano en mano, para conseguir una amplia varierad de planos resulta de lo más morboso. Y, como colofón, subirlo a internet y descubrir lo que otros piensan (hay muchas páginas para ello y el porno casero es lo que más atrae, desmintiendo así el tópico de las macizas y las siliconadas). Estoy seguro de que el muchacho, además de alucinar, hallará con ello una mejor ocupación que la de pasarse las horas muertas delante del ordenador. Así, en lugar de ser un motivo de escisión y distanciamiento, el porno se convierte en un aliado. Eso sí, hay que planteárselo sin complejos ni mogigatería, con ganas de pasarlo bien y no como concesión.