Felipe38 escribió:
Estaba sentado en el metro, leyendo con aire distraído el periódico y pensando en la lista de la compra cuando, al levantar la mirada para comprobar la parada, la ví.
Estaba sentada enfrente de mí, con una pierna sobre la otra. Tengo que admitir que nunca había visto unas piernas tan bonitas como aquellas, ni tampoco unos tobillos tan hermosos. Al levantarse ella ví que vestía una falda corta, ceñida, y que el cuerpo era digno de las extremidades que mostraban tan generosamente. El vientre eras liso, como el de una adolescente, extremo que desmentía su rostro, apenas maquillado y exquisitamente maduro. Sus caderas, redondeadas, parecían encadenarse suavemente al resto del cuerpo para prolongarse luego en una piernas largas y esbeltas que se prolongaban infinitamente para acabar en unos pies enfundados en unos zapatos de tacones también interminables. Más arriba sus senos llenaban con promesas una blusa blanca que contrastaba con la negrura de sus cabellos, que enmarcaban unos ojos negros y maliciosos.
Era su parada, y se bajó, obviamente. Y yo la seguí. Tuve que hacerlo. Era algo absurdo, casi propio de un enajenado, me dije, pero aquellas piernas merecían el esfuerzo. Y si como consecuencia de ello acababa en el hospital mental más cercano... pues tampoco sería para tanto.
Sus zapatos, con ese tacón que ya he mencionado y que era tan largo como amenazador por su afilado perfil, resonaban sobre la calle como cañonazos, y yo la seguía embelesado con los ojos fijos en sus piernas, sabedor de que terminaban en un redondo trasero que invitaba a besarlo con los ojos cerrados.
Al llegar a un semáforo nos detuvimos y pude mirarla de reojo. Y oh, que desengaño. Ahora que pude mirarla con más calma comprobé que su cara no estaba a la altura de sus ojos. Era un rostro normal, corriente, casi vulgar, con una nariz un tanto desconcertante que aún no consigo describir. Ella debió notar que la miraba así que aparté la vista y dejé, cuando el semáforo cambió de color, se alejara un poco para regodearme lascivamente mirando su culo para así anestesiar el corazón roto por hallar una faz tan común, pobre organo cubierto por los cardenales del desengaño.
Al llegar al siguiente semáforo de nuevo nos detuvimos, pero esta vez más juntos. Un bruto la empujó para ponerse en primera línea y ella se reclinó apoyándose en mí. Sentí sus delicadas manos, de largos y esbeltos dedos, apoyarse en mi pecho, y su perfume penetró en mis fosas nasales embriagándome, mientras yo la sujetaba por la cintura para impedir que pudiera caerse.
Entonces vi como sus ojos brillaban de nuevo, maliciosos, y sentí un calor asfixiante al notar sus pechos aplastándose contra mi cuerpo y ver sus labios rojos y brillantes tan próximos a los míos. Tan cerca la tuve que pude aspirar su aliento, que olía a manzana. Su carne ardía bajo la palma de mi mano y por un segundo enloquecedor estuve tentado a abrazarla y besarla allí mismo.
El semáforo cambió, ella me miró durante un fugaz segundo y, con ese tintineo malicioso en los ojos, se alejó y desapareció para siempre de mi vida.
Yo me quedé parado, impresionado aún, viendo como desaparecía. Me metí las manos en los bolsillos y me dispuse a irme de vuelta al metro. Entonces lo noté. Mi mano rebuscó por el bolsillo y me detuve, estupefacto.
La muy ladrona me había robado la cartera.
Muy entretenido, exquisita descripición. El principio y el final me has recordado a una canción de Ismael Serrano, aunque la trama en sí nada que ver con la canción jejejejee